¿Qué te pasa?

A lo largo de nuestra vida, los seres humanos nos encontramos con problemas, dificultades o estresores agudos que, junto con nuestro aprendizaje, conocimiento del mundo, tipo de estrategias de afrontamiento y configuración de personalidad pueden hacernos atravesar crisis, bloqueos vitales o incluso desarrollar alguna enfermedad mental. En otras ocasiones, nuestra propia configuración genética nos predispone o hace tendentes a ciertas enfermedades psicológicas. Cuando esto pasa, impacta de manera significativa o grave en nuestra propia salud y bienestar, trabajo, familia, pareja, relaciones sociales, afrontamiento de la realidad y entorno en general.

Creo en las segundas oportunidades, en la fortaleza del ser humano y en su increíble capacidad de recuperación y mejora continua. Por eso estoy aquí para ayudarte a reconocer signos y síntomas que apunten a dificultades que haya que superar y a descubrir a través de nuestro trabajo conjunto las herramientas que te permitirán conseguirlo.

Por ello, en el apartado «¿Qué te pasa?» esbozo las características más comunes de algunos de los problemas humanos y trastornos más habituales en nuestra sociedad hoy día.



Pastilla

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¿Qué es?

Es un proceso que se pone en marcha cuando una persona percibe una situación o acontecimiento como amenazante o que desborda sus recursos (estado subjetivo de malestar). A menudo los hechos que lo ponen en marcha son los que están relacionados con cambios, exigen del individuo un sobreesfuerzo y/o ponen en peligro su bienestar personal.

¿Cómo podemos reconocerlo?

Signos Físicos y/o fisiológicos:

  • Palpitaciones, hipertensión y patologías cardíacas
  • Sudoración
  • Temblores
  • Sensación de dificultad para respirar, sensación de ahogo
  • Dolor o molestias en el tórax
  • Náuseas o malestar abdominal
  • Sensación de mareo, inestabilidad, aturdimiento o desmayo
  • Escalofríos o sensación de calor

Signos cognitivos:

  • Disminución de la capacidad de atención.
  • Reducción de la capacidad de concentración.
  • Dificultad para almacenar, tratar y recuperar información (“pérdida de memoria”).
  • Menor capacidad de razonamiento.
  • Torpeza mental.
  • Miedo a perder el control o volverse loco.
  • Pensamiento rápido o demasiado lento.

Signos emocionales:

  • Excesiva tristeza
  • Irritabilidad y/o rabia
  • Apatía
  • Derrotismo
  • Desesperanza
  • Miedo
  • Culpa
  • Pérdida de interés por cosas que anteriormente sí lo suscitaban.
  • En casos graves: depresión y trastorno de ansiedad.

Signos conductuales:

  • Problemas relacionados con el sueño: insomnio, despertar temprano
  • Deterioro de las áreas social y laboral
  • Agresividad
  • Pasividad
  • Bajo rendimiento
  • Problemas para adaptarse
  • Resistencia  al cambio
  • Excesos al comer, beber o fumar

Ansiedad

¿Qué es?

La ansiedad es un elemento regulador positivo que nos ayuda a responder ante situaciones que potencialmente pueden ser peligrosas permitiendo resolverlas de manera satisfactoria.

En casos clínicos, consideramos la ansiedad como un patrón (conjunto de signos y síntomas) caracterizado por una activación del sistema nervioso central, preocupación excesiva sobre amplitud de acontecimientos, actividades o situaciones que afecta a varias áreas relacionales del individuo (social, laboral) y ante las que tenemos una percepción de baja controlabilidad.

¿Cómo podemos reconocerla?

Son síntomas de la ansiedad:

  • Agitación, taquicardia, palpitaciones, sudoración y dificultad para respirar.
  • Temblores, tensión muscular, dolor de cabeza, sequedad de boca, dificultades para tragar, náuseas, molestias en el estómago, mareo.
  • Llanto incontrolable.
  • Caminar de un lado a otro, sin objetivo.
  • Excesos al comer o beber. Fumar continuamente.
  • Aumento o pérdida de peso.
  • Angustia.
  • Miedo.
  • Inseguridad.
  • Irritabilidad.
  • Agresividad.
  • Pasividad excesiva.
  • Negatividad.
  • Temor a que ocurra algo malo.
  • Sensación de no ser capaz de hacer algo.
  • Dificultad para conciliar el sueño. Despertar temprano.  

depresuión

¿Qué es?

La depresión es un trastorno caracterizado por una bajada considerable del estado de ánimo en el cual los sentimientos de tristeza, pérdida, ira o frustración interfieren con la vida diaria incapacitando a la persona para afrontar su día a día e impactando de manera directa en su bienestar y el de su entorno.

¿Cómo podemos reconocerla?

Son síntomas propios de alguien deprimido:

  • Sentirse triste o melancólico la mayoría del tiempo.
  • Irritabilidad con ataques súbitos de ira.
  • No disfrutar de actividades con las que anteriormente disfrutaba, incluido el sexo.
  • Sentimiento de desesperanza o desvalimiento.
  • Sentimiento de inutilidad, odio hacia sí mismo y culpa.
  • Problemas para conciliar el sueño (insomnio) o dormir más de lo normal.
  • Dificultad para concentrarse y retener, almacenar o recuperar información (memoria).
  • Enlentecimiento motor.
  • Mostrarse asustadizo o agitado.
  • Disminución del apetito incluso con bajada de peso.
  • Aumento de la ingesta, incluso con aumento significativo de peso.
  • Sentirse cansado o falto de energía.
  • Aislamiento social, inactividad o abandono de actividades habituales.
  • Efecto túnel: solo atendemos a los aspectos negativos de las vivencias (distorsión cognitiva).
  • Ideación suicida.

¿Qué es?

La alteración fisiológica (generalmente asociada al estado de ánimo) caracterizada por la falta de sueño o disminución de la capacidad para dormir o tener sueño. Existen varios tipos:

  • Insomnio de conciliación: dificultad para iniciar o conciliar el sueño.
  • Insomnio medio: dificultad para mantener el sueño durante toda la noche sin despertarse. Una vez despierto, dificultad para reanudar el sueño.
  • Insomnio terminal: también llamado “despertar temprano”, en él adelantamos la hora del despertar de manera importante.

¿Cómo podemos reconocerlo?

A parte de las descripciones realizadas en el apartado “¿Qué es?” puede cursar con otro tipo de alteraciones como:

  • Humor irritable o desagradable.
  • Agitación.
  • Apatía.
  • Exceso de sueño durante las horas de luz.
  • Falta de energía y/o cansancio excesivo.
  • Enlentecimiento motor.
  • Pérdida de interés y/o abandono de actividades placenteras habituales.
  • Dificultad de concentración.
  • Problemas de atención.
  • Problemas de memorización.

 

¿Qué es?

Denominamos duelo al proceso emocional que se da tras la pérdida de un ser querido que generalmente atravesamos y superamos de manera natural. No obstante, en ocasiones el dolor que provoca se enquista generando una situación que puede desembocar en patologías más graves. Es en este momento cuando se recomienda intervención psicoterapéutica que nos ayude a elaborarlo y nos enseñe a convivir con ello.

¿Cómo puedo reconocer dificultades en la elaboración de mi duelo?

 

  • Cuando resta o dificulta las actividades diarias que antes desarrollabas con normalidad, independientemente de la tristeza o dolor que sientas.
  • Si sientes que estás desorientado, con excesivas dudas acerca de tu proceso, excesivo dolor o vives continuas situaciones de bloqueo.

¿Qué son?

El término psicosomático hace referencia a que los síntomas físicos que presentamos en ocasiones, cursan asociados a factores psicológicos que se consideran relevantes en las causas y/o evolución del trastorno. Cuando una persona “somatiza” se suele entender que está expresando físicamente su malestar psicológico.

En términos generales, podemos decir que una persona sufre somatizaciones cuando presenta uno o más síntomas físicos y tras un examen médico, estos síntomas no pueden ser explicados por una enfermedad médica. Además, pese a que la persona pueda padecer una enfermedad, tales síntomas y sus consecuencias son excesivos en comparación con lo que cabría esperar. Todo ello causa a la persona que sufre estas molestias un gran malestar en distintos ámbitos de su vida.

¿Cómo podemos reconocerlas?

Los síntomas somáticos más frecuentes en las consultas médicas son:

  • Dolor de espalda.
  • Mareos, vértigos.
  • Dolor de extremidades.
  • Gases.
  • Dificultad para respirar
  • Palpitaciones, taquicardia.
  • Dolor en articulaciones.
  • Dolor en el pecho.
  • Náuseas y molestias intestinales.

Muchas enfermedades médicas están estrechamente relacionadas con el estrés. Entre ellas encontramos la hipertensión, enfermedades coronarias, asma, gripe, hipertiroidismo e hipotirioidismo, úlcera de estómago, síndrome de colon irritable, cáncer, cefaleas, migrañas, dolor crónico, contracturas musculares, impotencia y vaginismo.

Tras observar que la depresión, la ansiedad y el estrés entre otros son factores que influyen tanto en el origen, mantenimiento y evolución de distintas patologías físicas, es más fácil comprender la influencia de nuestra mente sobre nuestro cuerpo y el papel del psicólogo en relación a esto.

Es posible mejorar la calidad de vida de las personas que padecen enfermedades psicosomáticas entendiendo de dónde provienen las molestias físicas que sufren y cambiando aquello que las provocan: estrés, autoexigencias elevadas, ritmo de vida excesivo, inteligencia emocional poco desarrollada, etc.


¿Qué son?

Miedo: Ansiedad por un peligro vivido como real y reconocido conscientemente.

Fobia: Miedo persistente, irracional y exagerado frente a algún estímulo específico o situación ante los que surge una necesidad imperiosa de evitarlos.

Obsesión: Ideas, impulsos o imágenes persistentes, recurrentes y disonantes (generan malestar porque entran en conflicto con la persona) que se viven como intrusivas e inapropiadas, contra la que se lucha infructuosamente y que generan marcada ansiedad o angustia.

¿Cómo podemos reconocerlos?

El miedo es una respuesta fisiológica ancestral y primaria que nos activa y nos prepara para dar una respuesta. Por tanto, a veces el miedo es adaptativo y nos ayuda protegiendo nuestra integridad (p. ej, si estuviésemos en la sabana y viésemos un león, la respuesta fisiológica de nuestro cuerpo nos prepararía para correr aumentando así nuestro ritmo cardiaco, la llegada de sangre y oxígeno a nuestras extremidades, acelerando la respiración y aumentando el nivel de endorfinas). Por el contrario, cuando hablamos de fobia, nos referimos a un miedo exacerbado y descontextualizado sobre un objeto o situación que no es potencialmente peligroso aunque la respuesta de activación es la misma que se daría frente a un peligro real. Además en las fobias no sólo se da el miedo ante la situación u objeto en sí mismo, sino que también existe ansiedad anticipatoria provocada por la imaginación de la situación u objeto en cuestión, lo que resulta en una conducta evitativa del objeto fóbico.

Todo lo anterior se convierte en motivo de consulta a un profesional cuando este comportamiento de evitación, miedo o ansiedad de anticipación en relación con la situación temida, produce un malestar evidente o interfiere de manera significativa en las actividades cotidianas del individuo, dificultando o bloqueando las relaciones sociales o laborales.

Por otro lado, una preocupación (un análisis razonable y mesurado de una situación complicada, conflictiva y/o aversiva) se convierte en una obsesión (desadaptativa) cuando nuestros pensamientos, ideas e imágenes tornan en recurrentes y persistentes generándonos unos niveles elevados de ansiedad y/o angustia. Además, nos vinculamos a ellas de manera negativa, produciéndose una adherencia a las mismas que limita nuestra actividad habitual e interfiere de manera importante en nuestro bienestar, vida social y laboral. En definitiva, el “salto” se produce cuando nos damos cuenta de que nos estamos convirtiendo en “esclavos” de nuestros propios pensamientos. En ocasiones además, van acompañadas de conductas repetitivas, irracionales, no útiles y que no resuelven el miedo que provoca la respuesta obsesiva (compulsiones).


 

¿Qué son?

Habilidades sociales: son aquellas que nos permiten relacionarnos con los demás y desarrollarnos de manera saludable, construir vínculos con otros conciliándolos con necesidades personales creando situaciones sociales adecuadas sin herirnos ni herir a los demás. Son aquellas que nos permiten vivir en sociedad de forma plena, adecuada y adaptativa y que nos ayudan a crear un entorno agradable a nuestro alrededor.

Problemas en las relaciones interpersonales: Son aquellos que surgen cuando nuestras habilidades sociales no están suficientemente entrenadas y/o no se han desarrollado de manera adecuada de tal forma que nos dificultan o imposibilitan la resolución de situaciones difíciles o conflictos en relación con los demás.

¿Cómo podemos reconocer problemas en las relaciones interpersonales?

Si encuentras que:

  • Estás hecho un lío.
  • Te cuesta decidir.
  • No tienes buena relación con los demás.
  • Te cuesta distinguir qué cosas son importantes.
  • Te sientes mal muchas veces.
  • Las reuniones sociales te parecen incómodas.
  • No entiendes bien qué se espera de ti en una relación interpersonal.

Probablemente tengas problemas en las relaciones interpersonales. Las personas que están dotadas y/o han entrenado sus habilidades sociales e inteligencia emocional generalmente:

  • Entienden que están experimentando una emoción, comprenden de qué tipo es y qué les ha hecho sentir así.
  • Comprenden las implicaciones corporales, cognitivas y conductuales de sus emociones.
  • Regulan sus emociones para que les ayuden con sus auténticas necesidades.

¿Por qué es necesario entrenar nuestras habilidades sociales o inteligencia emocional?

  • Te das cuenta de lo que sientes y sabes lo que necesitas.
  • Expresas lo que sientes para que los demás lo comprendan.
  • Decides a partir de tus necesidades y sentimientos.
  • Distingues qué es lo importante para ti.
  • Comprendes mejor lo que sienten los otros.
  • Disfrutas más.
  • Aprendes a crear buen ambiente para ti y con los demás.
  • Ayudas a crear una sociedad más auténtica, sana y agradable.

En resumen, el ser humano es un ser social y todo aquello que afecta a lo social, afecta a lo personal también. Por eso, un buen desarrollo de las habilidades sociales es un facilitador para conseguir nuestro bienestar.


¿Qué son?

Se denomina estrategias de afrontamiento al “esfuerzo cognitivo (pensamiento) y conductual (comportamiento) que debe realizar un individuo para manejar demandas externas (ambientales, estresores) e internas (estado emocional) y que son evaluadas como algo que excede los recursos de la persona” (Lazarus y Folkman, 1984).

Llamamos inteligencia emocional a la “habilidad para percibir, asimilar, comprender y regular las propias emociones y las de los demás promoviendo un crecimiento emocional e intelectual” (Mayer y Salovey, 1997).

¿Cómo podemos reconocer nuestras estrategias de afrontamiento?

Ponemos en marcha nuestras estrategias de afrontamiento (de forma consciente y voluntaria) ante situaciones estresantes con el objetivo de disminuir la ansiedad, miedo e incertidumbre que nos generan. Cuando surge una situación de este tipo hay que tener en cuenta la valoración subjetiva que la persona hace de los estresores (elementos externos que nos generan malestar), las emociones y sentimientos asociados a esa valoración y los esfuerzos conductuales y cognitivos realizados para afrontar dichos estresores. En función de esto pondremos en marcha estrategias de un tipo u otro, orientadas por ejemplo a la tarea: centrándose en resolver el problema de manera lógica, en las soluciones y en la elaboración de planes de acción, u orientadas a la emoción: centrándose en minimizar y controlar la respuesta emocional.  

No obstante, en ocasiones, lo que ponemos en marcha ante situaciones de estrés son nuestros mecanismos de defensa, respuestas inconscientes e involuntarias como la evitación, preocupación y reacciones fantásticas o supersticiosas que en ocasiones resultan desadaptativas ya que al ser “pasivas” generalmente aumentan la intensidad en la respuesta de estrés y provocan repercusiones negativas en el estado de ánimo y rendimiento. Un afrontamiento inadecuado puede dar lugar a la aparición de estados emocionales negativos o psicopatológicos tales como burnout, alteración en la capacidad para tomar decisiones, etc.

Aunque las personas nacemos con el potencial para desarrollar ciertos rasgos de personalidad que impactarán en nuestras actitudes y comportamiento frente a los retos, las estrategias de afrontamiento generalmente se aprenden de las personas que nos rodean, las cuales si tienen un nivel elevado de inteligencia emocional afrontarán las situaciones vitales que atraviesen de una forma más adaptativa y que por tanto genera menos sufrimiento tanto a ellos como a su entorno.


¿Qué es?

Es el conjunto de habilidades y destrezas que nos permiten regular nuestras emociones (ira, agresividad e impulsividad habitualmente), comportamiento e impulsos. Aunque algunas personas tienen más desarrollada esta capacidad de manera natural, este conjunto de herramientas puede aprenderse con un buen entrenamiento, permitiéndonos desarrollar un comportamiento adecuado en función de las distintas situaciones y áreas vitales en las que surja el conflicto sin ser dominados por impulso emocional.

 

¿Cómo reconocemos deficiencias en nuestro estilo de control de impulsos?

La mejor estrategia inicial para saber cuándo tenemos que poner en marcha las destrezas relacionadas con el autocontrol es conocerse a uno mismo. Si te cuesta:

  • Controlar y canalizar tus propias emociones e impulsos destructivos (en muchas ocasiones se denomina popularmente como “tener mucho pronto”).  
  • Controlar tu estado de ansiedad en situaciones de crisis.
  • Tranquilizarte y calmarte (en un tiempo razonable) ante situaciones que te generan malestar.
  • Aplazar la recompensa (asumir que las cosas no salen a la primera, o no salen como tú quieres).
  • Mantener la calma cuando te dicen algo que no te gusta, o cuando tienes que hacer algo que no te gusta.
  • Tolerar la frustración.

O si tu falta de control genera:

  • Ira verbal o física.
  • Lesiones a ti o a otros.
  • Problemas con la justicia.
  • Sentimiento de reto permanente por parte de otros.
  • Conductas explosivas destructivas.
  • Sentimiento de culpa.

Probablemente tengas dificultad para controlar tu agresividad e impulsos.


 

¿Qué es?

Autoconcepto es la opinión de una persona sobre sí misma asociada al juicio de valor subjetivo que hacemos de nuestras características positivas y negativas en comparación con los demás.

Podemos considerar la autoestima como la capacidad de querernos (estimarnos) a nosotros mismos pero no desde una perspectiva egocéntrica o narcisista. En ella influyen directamente los mensajes que nos damos en nuestro diálogo interno (pensamientos), nuestros sentimientos o emociones y las experiencias que hemos ido acumulando a lo largo de nuestra vida.

Entendemos autocomprensión como el cuidado que nos damos a nosotros mismos en situaciones adversas. Comprender tu propia forma de proceder o funcionar tiene efecto “liberador” en sí mismo permitiéndote quererte y abordar los retos de una manera óptima.

¿Cómo reconocemos un nivel de autoestima saludable?

Todos tenemos y reconocemos aspectos positivos y negativos en nosotros mismos. Si nuestra atención se focaliza en los aspectos negativos de manera exclusiva o  damos menos peso a los aspectos positivos, el balance resultante de nuestra autopercepción pasa a ser muy negativo, más aun si añadimos la comparativa que generalmente hacemos entre nosotros y los demás. Por el contrario, si le damos más peso a los aspectos positivos de manera exagerada, también tendremos una percepción muy poco realista de nosotros mismos.

Teniendo en cuenta que el ser humano es un animal social y que la comparativa con otros para obtener referencias es algo natural, muchas veces la objetividad con la que miramos a los otros también puede estar desvirtuada. Es decir, en ocasiones nos podemos encontrar con personas que hacen una autovaloración muy positiva de sí mismas y si no tenemos un autoconcepto y autoestima bien estructurados podemos restar valor al concepto de nosotros mismos.

Algunos signos que nos muestran un mal establecimiento de nuestro autoconcepto y autoestima son:

  • Exceso de autocrítica.
  • Hipersensibilidad a la crítica de los otros.
  • Dificultad para reírnos de nuestros propios fallos o exceso de utilización de la ironía o sarcasmo ante los mismos.
  • Sentimiento de culpabilidad exagerada.
  • Gran autoexigencia en todo lo que emprendes.
  • Frustración excesiva si las cosas no salen como esperas.
  • Deseo excesivo de complacer al otro.
  • Indecisión crónica.
  • Miedo exagerado a equivocarse.
  • Baja o nula capacidad para aceptar cumplidos o halagos.
  • Insatisfacción con nosotros mismos.

¿Qué son?

Problemas en el trabajo son aquellos que surgen en el entorno laboral, y/o se derivan de una situación/persona relacionada con nuestro trabajo, y/o están relacionados de alguna manera con nuestra vida laboral (por ejemplo incertidumbre sobre la elección profesional) que son lo suficientemente graves como para merecer atención profesional.

¿Cómo reconocemos si tenemos problemas en el trabajo?

En la sociedad actual nuestra vida laboral ocupa un lugar importante en nuestra vida (incluso central en muchos casos), ya sea por horas dedicadas al trabajo, por el sustento económico que nos procura o por nuestro propio desarrollo profesional. Por eso cuando surgen problemas en este entorno, el impacto que tiene en las personas suele ser muy significativo.

Es algo comúnmente compartido entre las personas los problemas relacionados con el tiempo de trabajo (horas dedicadas), autonomía en el puesto, carga de trabajo, demandas psicológicas (exigencias cognitivas y emocionales a las que se ha de hacer frente en el trabajo), variedad/contenido de trabajo, supervisión/participación, interés por el trabajador/compensación, ambigüedades de rol (demandas ambiguas, incompatibles o contradictorias), relaciones y apoyo social. Todos ellos, si no son gestionados de la manera adecuada por la organización y/o por el propio trabajador pueden dar lugar a situaciones muy graves (p. ej. “mobbing”) y generar unos niveles de estrés suficientes como derivar en algún trastorno psicológico (p.ej ataques de pánico, depresión, trastorno adaptativo).

Por todo lo anterior, es importante detectar a tiempo las señales que nos indican que estamos ante un problema de trabajo para poder gestionar nuestro estrés, tomar las decisiones adecuadas y solicitar ayuda profesional en caso necesario. Síntomas frecuentes son:

  • Insomnio/pesadillas.
  • Elevados niveles de estrés.
  • Ansiedad/ataques de pánico.
  • Preocupación excesiva por el trabajo más allá de las horas efectivas dedicadas al mismo.
  • Insatisfacción.
  • Baja autoestima.
  • Baja o nula motivación.
  • Pasividad.
  • Quejas/llanto ante la perspectiva de volver al lugar de trabajo (tras el fin de semana, vacaciones).
  • Sintomatología gastrointestinal: náuseas, vómitos, diarrea, gases, malas digestiones.
  • Miedo.
  • Fatiga física y mental.
  • Absentismo: ponerse enfermo a menudo ausentándose del puesto de trabajo.
  • Posponer tareas relacionadas con el desempeño del rol en el trabajo a menudo.
  • Irritabilidad.
  • Relaciones deficientes con compañeros, superiores o subordinados.

¿Qué son?

Llamamos comunicar a la interacción que se da cuando una persona transmite un mensaje y la persona que lo recibe reacciona ante el mismo (con pensamientos, comportamientos, emociones o lenguaje). Por tanto, los problemas de comunicación son aquellos que surgen derivados de algún fallo en el proceso descrito anteriormente y que provocan nuevos conflictos o aumentan los que ya existían.

¿Cómo reconocemos problemas de comunicación en otros o en nosotros mismos?

Para comunicarnos eficazmente no sólo debemos centrarnos en lo que queremos decir, sino que debemos estar muy atentos a los gestos, palabras, necesidades e intereses de nuestro interlocutor. Esto será lo que marque la diferencia entre hablar (emitir un mensaje sin más) y comunicarnos (emitir un mensaje que impacte en el otro y le haga reaccionar permitiéndole conocer nuestras necesidades, sentimientos, pensamientos e intereses). Si bien es cierto que no todos los conflictos a los que nos enfrentamos son causados por una mala comunicación necesitamos desarrollar una comunicación eficaz para resolver o gestionar de manera adecuada buena parte de ellos.

Los errores más típicos en la comunicación (del que habla y el que escucha) son:

  • Lanzar mensajes dobles contradictorios: cuando nosotros u otros lanzamos un mensaje de manera verbal y otro totalmente distinto de manera no verbal. P. ej. Estamos en una fiesta por un compromiso adquirido y realmente no nos apetece estar allí. Nuestra cara está seria, estamos apartados, con brazos cruzados sobre nuestro cuerpo, sin hablar, sin comer y sin beber. Alguien nos pregunta qué tal estamos y respondemos que muy bien aunque nuestro tono de voz es serio. En este caso, nuestro comportamiento no verbal indica que no estamos bien y sin embargo verbalmente decimos que sí.

Ante mensajes ambiguos (dobles) por parte del emisor, el receptor puede: elegir una de las alternativas, rellenar y/o completar información en función de su propio conocimiento, experiencia y/o creencias. También puede darse cuenta de uno solo de los mensajes y emitir una respuesta inesperada para el emisor aumentando así el conflicto.

  • Dar las cosas por sabidas y/o entendidas por parte del otro/a sin estar seguros de ello.
  • Oír y no escuchar a nuestro interlocutor/a.
  • Interrumpir de manera frecuente a la persona que habla.
  • Alzar la voz cuando pensamos que no tenemos la atención de nuestro/s interlocutor/es.
  • Realizar otras tareas mientras mantenemos una conversación con otra/s persona/s.
  • No adaptar el mensaje que queremos transmitir al público al que queremos transmitírselo.
  • No reflexionar y organizar el discurso antes de comenzar a hablar.
  • Elegir un momento y/o lugar no adecuados para realizar la comunicación.
  • Aportar demasiada información de golpe.
  • No asegurarte de que la otra persona te sigue y te comprende.
  • Pensar en lo que vas a decir en lugar de escuchar lo que tu interlocutor/a te está diciendo.
  • Prejuzgar lo que el emisor quiere decir en base a ideas previas sin terminar de escucharlo.
  • Fijar la atención en los detalles y no en el mensaje principal.
  • No avisar al interlocutor/a de que no lo estamos entendiendo.
  • Quitar importancia, ironizar e incluso ridiculizar lo que tu interlocutor dice.

¿Qué es?

Es un proceso de crecimiento y superación que comienza a partir del autodescubrimiento/ autoconocimiento personal. Éste normalmente se pone en marcha a través de un conjunto de acciones que facilitan que la persona aprenda, aproveche aquellas características que le hacen destacar y mejore aquellas que le dificultan el avance. En esencia, se trata de obtener la mejor versión de uno/a mismo/a.

El desarrollo personal es algo que depende de uno mismo/a, es decir, no es algo que se pueda delegar en otros/as ya que tú eres el responsable de las decisiones que tomas. Partiendo de aquí, y de la capacidad de las personas para decidir sobre su vida y futuro inmediato teniendo en cuenta sus capacidades y circunstancias, iniciar un proceso de desarrollo ayuda, entre otras cosas, a salir de las distintas áreas de confort y orientar al éxito en cada una de las esferas que rodean a la persona (profesión, familia, pareja…).

Sus claves son conocerse a sí mismo/a con virtudes y defectos, detectar en qué áreas podemos mejorar o cambiar y potenciar aquellas en las que somos fuertes, encontrar las herramientas necesarias para conseguirlo, y dejar atrás de manera constructiva los impedimentos que nos limitan a la hora de hacerlo. En definitiva, con su puesta en marcha se pretende mejorar en la vida (en sus distintas facetas), ser feliz y librarse del dolor emocional o insatisfacción que pueden provocarnos los bloqueos, hitos vitales y circunstancias o situaciones que percibimos como amenazantes. Desarrollarnos de manera consciente nos ofrece una vida más plena y un mayor rendimiento en todos los niveles.

¿Cómo reconocer problemas relacionados con mi desarrollo personal?

Si te encuentras insatisfecho con tu vida en general, bloqueado, si tiendes a “no ver salida” en situaciones laborales y/o personales, si tienes miedo a tomar decisiones que impactan en tu vida y futuro inmediato y evitas hacerlo, si intentas dar algún paso hacia adelante pero inmediatamente te echas para atrás ante la perspectiva de lo desconocido, si eres consciente de que la zona en la que te mueves te resulta dolorosa pero prefieres mantenerte allí porque lo “malo conocido” te genera tranquilidad, si crees que no puedes fallar, si crees que salir de tu zona de confort implica no poder equivocarte y retomar caminos, entonces puedes que te encuentres en el momento de iniciar un proceso que te ayude en tu desarrollo personal.


¿Qué es la maternidad y como definimos potenciales problemas?

La maternidad es uno de los cambios vitales más importantes en la vida de una mujer y uno de los aspectos principales en este hito vital consiste en el aumento de responsabilidades que acompaña al rol de madre.

En la actualidad, debido a la situación económica que estamos atravesando, se da la circunstancia de que, de forma habitual, ambos progenitores deben trabajar para poder afrontar el sustento de la familia, lo que obliga a las madres a conciliar maternidad y trabajo.

En la mayoría de los casos, dado a lo exigente e inestable del mercado laboral y al alto nivel de competitividad, puede resultar que dicha conciliación se perciba como una vivencia aversiva y angustiosa.

El nivel de exigencia que requiere dicha conciliación de roles coloca a las personas en situación de máxima vulnerabilidad emocional, lo que reduce su bienestar y satisfacción laboral y familiar, por lo que en algunos casos se reduce la felicidad de esta decisión, ya que se descompensa.


 

¿Cómo suceden? ¿Por qué se dan?

En la actualidad la sociedad está en continua evolución y las familias se ven ante la exigencia de adaptarse a nuevas situaciones generadas por la necesidad de incorporación de la mujer al mundo laboral, la esperanza de vida de nuestros mayores, la normalización de las separaciones y divorcios y los cambios en un mundo laboral más competitivo debido a las crisis económicas entre otros factores.

Lo deseable sería que los problemas familiares fuesen solventados de forma eficaz dentro del seno familiar, pero hay ocasiones en que las relaciones están tan deterioradas que la familia no puede solucionarlos por lo que es necesario acudir a ayuda externa.

Generamente, los problemas que se pueden dar en una familia parten de dificultades en la convivencia: falta de comunicación que se traduce en problemas de pareja, desacuerdos en las pautas educativas de los hijos (excesiva rigidez o permisividad), diferencias a la hora de gestionar las tareas cotidianas, dificultad para negociar y definir roles dentro de la  pareja, dificultades en la adaptación al cambio (como puede ser la llegada de un nuevo miembro a la familia, cambio de domicilio, pérdida de trabajo y problemas económicos), mala gestión del tiempo en familia, diferentes criterios sobre el manejo de la economía familiar, falta de comunicación en el ámbito sexual de la pareja.


¿Qué es?

La inseguridad es una emoción negativa y algunas características que la definen son sentimiento de inferioridad, no sentirse amado, dudar de uno mismo y miedo a la crítica. La falta de confianza en uno mismo es debida a que tenemos expectativas irreales basadas las expectativas y opiniones de los demás.

Es la falta de confianza en nuestra propia valía y habilidades, que parte de una baja autoestima, la que nos lleva en muchas ocasiones a actuar desde el miedo en las situaciones sociales, respondiendo desde la evitación o ataque hacia lo social.

¿Cómo reconocemos un problema de inseguridad?

Signos:

  • Sentimiento de inferioridad
  • Timidez excesiva
  • Poca asertividad
  • Sentirse amenazado o juzgado constantemente por las otras personas.
  • Sentirse inhábil en las interacciones con los demás.
  • Búsqueda constante de aprobación.
  • Irritabilidad constante.
  • Sensación de estar siendo amenazado ante las sugerencias o aportaciones de los otros.
  • Susceptibilidad a la crítica.
  • Evitación de situaciones sociales o ansiedad excesiva al afrontarlas.
  • Creencias negativas sobre sí mismo/a.
  • Sentirse poco atractivo en general.
  • Percibirse como persona de poco interés.
  • Poca habilidad para la social.

Como hemos comentado anteriormente, los problemas de inseguridad parten por lo general de una baja autoestima que lleva a la persona a sentirse poco atractiva en las situaciones sociales. Esto en muchos casos se convierte en un círculo vicioso que desemboca en una valoración negativa que incide en la percepción de uno mismo y retroalimenta así la baja autoestima.